“La abstracción es una búsqueda infinita”

0
72
Sebastián Masegosa
Sebastián Masegosa

Sebastián Masegosa comenzó su trayectoria pintando obras clásicas, figurativas. Sin embargo, una década atrás rompió con todo y se zambulló en la pintura abstracta, donde crea sus propios universos. Hoy, a los 42, expone regularmente y forma parte de Proyecto MIA, junto a los arquitectos Itzcovich y Aguirre.

“Vengo de una familia de artistas, mi madre era concertista de piano, y tanto a mí como a mis hermanos mayores nos fomentaron mucho todo el tema artístico, la música, el dibujo, la pintura, siempre vivimos ese clima en mi casa”, responde a la primera pregunta Sebastián Masegosa, mientras acomoda pinturas, papeles y pinceles en su caótico taller sanisidrense.

“A los seis o siete años –continúa- ya acompañaba a mi hermano y a mamá a su taller de pintura, y dibujaba ahí, tanto que en un momento para mí se transformó en una especie de obsesión, de hecho la citaron a mi madre del colegio porque yo no quería pintar, sólo dibujaba en blanco y negro…”. La madre del futuro artista no se preocupó, para nada, y es probable que se haya alegrado al ver que su hijo rompía moldes preestablecidos. Tiempo más tarde, cuando Sebastián ya tenía 15 años y varias temporadas de talleres encima, la institución escolar mostró otra cara cuando una profesora de Plástica le encargó que pintara una escena típica de San Isidro: “Hice una acuarela de un paisaje, ella la presentó en un concurso de la Casa de la Cultura municipal y saqué el segundo premio. Esa profesora me empezó a seguir mucho, se hizo cargo de mi parte creativa, más allá de lo que me tenía que enseñar. Y cuando terminé el secundario, me dijo: ‘Hacé lo que quieras, recorré tu camino, pero no sigas profesorado de Plástica’. Y estudié Diseño de Imagen y Sonido, al mismo tiempo que seguía con los talleres y con la música, que también me gusta desde chico. Toco el piano y tuve distintas bandas”.

— ¿Qué pintabas en esa época?

— Era super figurativo, muy clásico… pintaba desnudos, de hecho durante mucho tiempo di clases de modelo vivo. Y me di cuenta que todo lo mío pasaba por ahí, que tenía que dedicarme a esto…

— ¿Hay una decisión sobre este tema?

— Siempre defendí el tener mi tiempo y mi espacio para pintar. Es como un amor: vos te enamorás y no pensás si te va a ir bien o mal, vas para adelante, no lo podés evitar. A mí con la pintura me pasó lo mismo, no me importaba si iba a ganar plata o no, simplemente era lo que más amaba. Y al final se me dio solo.

— ¿Cómo y cuándo vendiste tu primera obra?

— A los 24 años, en un taller al que iba. Había una muestra semestral, en la que yo expuse un esbozo de una mano, en blanco y negro, y una profesora alemana me la quiso comprar para llevársela a Berlín. Al principio no quería venderla, me angustiaba ponerle un precio… hasta que uno de mis profesores me convenció. Después empecé a entender el lado comercial del arte, que al artista le permite seguir creando.

— Es un tema eterno, el artista tiene que meterse en un mundo al que en general no pertenece…

— Claro, es un tema muy complicado, tenés que entrar en un ambiente que no conocés, te relacionás con los galeristas…

— El famoso mercado del arte. ¿Cómo te insertaste en él?

“Reflejos 3D análogos N21”, 194 x 170 cm (2017).

— Casi sin darme cuenta. Primero expuse en Buenos Aires en una galería, después fui a Uruguay, me invitaron a una feria que se hacía en el Museo de Arte Moderno de Mendoza… Y así fui vendiendo más obra.

— ¿Ver qué tipo de obra vendías más influyó algo en tu producción?

— No. Por suerte nunca tuve miedo de cambiar, entiendo que los artistas tenemos una evolución, tenemos búsquedas, como la vida… Yo descreo de un artista que se pasa diez años haciendo lo mismo. Tengo momentos, como todos, en los que vendo más o menos, pero lo comercial no me condiciona.

— ¿Extrañás las obras que vendés?

— Extraño los momentos en los que me veo pintando. Por ejemplo, extraño aquel momento en el que pinté una serie determinada, como uno extraña algo que vivió con una novia. Son añoranzas, pero los momentos no vuelven.

— Hoy estás dedicado de lleno a la abstracción, ¿cuándo empezaste con ella?

— Hace más de diez años.

— ¿Por qué, qué pasó para que dejaras la figuración?

— En un momento pintaba paisajes urbanos, ciudades, y de ahí pasé a una especie de abstracción geométrica, hasta que hice un quiebre tremendo, rompí línea: color, mancha… y de ahí no salí nunca más, evolucioné en un montón de ramas que se me fueron abriendo. ¿Cómo llegué a eso? La parte mía de dibujo clásico me empezó a cuestionar, ya no me interesaba mucho mostrar lo bien que dibujaba, mi habilidad, fue una cosa medio anárquica. Quería que pasara otra cosa con mi obra, ya no estaba enamorado de ese tipo de dibujo.

— Y ahí apareció la abstracción.

— Así fue. La abstracción es como abrir tu universo y tirarte. Es infinita, la búsqueda es infinita, es libre, no sos preso de ninguna figura, todos los elementos pueden ser rediseñados, destruídos o creados… Por eso no volví de ahí.

— ¿Hace falta oficio para ser un artista abstracto?

— Sí, claro. Yo veo una obra abstracta y me doy cuenta enseguida si el autor sabe dibujar o no, si sabe manejar el espacio, la luz…

— ¿Es posible la abstracción absoluta?

— Creo que ese concepto está en la mente, es una idea, cuando la bajás a un lienzo empezás a usar elementos reales, ya no abstractos. Por eso creo que no existe la abstracción pura en el arte, porque siempre parte de lo que el artista tiene en su cabeza.

— ¿Qué ve la gente en tu obra abstracta? Porque el público común suele ver cosas…

— Es divertido observar eso. El ser humano necesita sentirse cómodo y encontrar algo reconocible, entonces en una misma obra mía una persona vio a Peter Pan, otra un caballo y otra la cara de Perón… Yo no certifico que eso está, pero vale, está bien.

LEAVE A REPLY