La evolución de las ciudades

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Fedora, una de las Ciudades Invisibles del escritor Italo Calvino. Ilustración de Karina Puente.

Josep María Botey, especialista en recuperación patrimonial y miembro de la Real Academia Catalana de Bellas Artes, reflexiona sobre las transformaciones arquitectónicas, sobre la base de la rehabilitación de la Casa Batlló, que él mismo encabezó 30 años atrás.

Tanto en lo referente a la supervivencia como a la transformación y recreación arquitectónicas, todos los especialistas en la disciplina de la restauración sabemos lo que es correcto hacer, lo que resulta más o menos posible y lo que nunca se debería hacer. Curiosamente, sea cual sea el criterio adoptado, casi siempre la última de las posiciones es coincidente. De este caso, entonces, no hace falta hablar; y dado que de los otros dos podríamos llenar páginas sin llegar a ninguna parte, pienso que determinar las posiciones y la filosofía de donde uno bebe e intentar manifestar los propios pensamientos sobre la materia debe ser lo más atractivo para exponer y debatir conjuntamente.

El ascensor modernista y la escalera de la casa, en la que trabajó el autor de esta nota.

En la historia de la arquitectura siempre ha habido tiempos de impase y de duda; pero, en cierta manera, el control riguroso que desde cada estilo se establecía daba un amparo cómodo que facilitaba el diseño y la realización. Otra cosa era si se respondía a una voluntad deseada de expresión. Hoy es evidente que la arquitectura, como otras artes, está en uno de aquellos momentos de crisis donde se mezclan ideas, pseudo-ideas y a veces ni tan siquiera eso, sino simples modas vacías que confunden y borran lo que para mí resulta fundamental; el punto más importante de la profunda, estancada y ya demasiado larga crisis de la arquitectura, la identidad.

Creo en el mestizaje, porque no creo en la pureza de la cultura sino en su constante mutación y en la necesidad que tiene de búsqueda y ampliación de horizontes. Pero también creo en la necesidad de sabernos expresar cada momento con la fortaleza y la certeza de quien sabe la tierra que pisa y el país donde vive. Para mí solo desde esta realidad un hecho puede devenir universal. Las grandes obras son siempre de carácter provinciano o local, en el sentido que pertenecen a un lugar concreto, del que se nutren y en el que se fundamentan. No hace falta que la ciudad nos explique su pasado: simplemente lo tiene, como las manos contienen las líneas. Está escrito en las calles, en las verjas de las ventanas, etc.

Desde las expresiones más radicales de la reconstrucción mimética de las ciudades y bajo este criterio, muy válido en el momento de su postulación, sin grandes cambios sociales ni técnicos, hoy las ciudades serían como pequeñas Disneylandia, con muchos puntos a favor de la original (L.A.). Si, al contrario, las mantuviéramos sin rehacer, dejando cada piedra donde se encuentra, cada runa en su estado puro y en plena exaltación de su propia poética, aun así, estaríamos viviendo, asimismo en cementerios, campos enteros de cementerios. Cementerio, primer jardín; necrópolis, primera urbe: criterios de alto vuelo romántico y de difícil comprensión en plena revolución social e industrial.

Es evidente que mis maestros son Walter Pater en la formulación teórica y Carlo Scarpa en el saber inmortalizarla. Desde 1873 con la publicación del Manifiesto Escandaloso o desde la aparición de todas sus obras entre 1925 y 1928 en Londres; desde el inicio del trabajo de Carlo Scarpa en el Museo Castelvecchio en Verona (1958-1964) hasta el edificio póstumo de la Banca Popular de la misma ciudad, de nueva planta, donde el entorno recibe un tratamiento de protagonista, ha llovido, es cierto, pero poco y sin demasiada fuerza ni interés.

Ciudades para el presente

Para mí es en el instante concreto donde se ha de captar la realidad de la vida. Todos estamos condenados, pero lo esencial es utilizar el plazo que establece esta ejecución-muerte y saber dilatarlo. La meta no es la experiencia en sí o su beneficio consecuente, sino la propia vivencia y como expresión más pura, por efímera, el momento. Un momento ni historicista ni dado exclusivamente al aplauso de las altas tecnologías -armas que pueden enmascarar el detalle bien configurado y vinculado a la estructura molecular del material-, donde lo que se aporta de nuevo hace como de peana, más o menos brillante, de todo lo que de viejo se preserva y se transporta.

Comparto la idea de no dejar hablar a los muertos nunca ni permitir que las ciudades sean cementerios: cementerios tan solo compartidos por algún vivo que se considera con derecho a usurpar la ciudad; echarlos, si hace falta con placas conmemorativas, estatuas y monumentos que recuerden que antes otros dueños y ciudadanos las ocuparon… Y no dejaremos que hablen porque, si lo hicieran, no se podría vivir en ningún lugar, de lleno que estaría.

Tampoco creo que las ciudades se levanten exclusivamente como artefactos para el recuerdo de sus habitantes, es decir, que se construyeran como un monumento erigido por la comunidad para autocomplacerse y recordarse. E igualmente, ¿hasta qué punto este nuevo afán restaurador no nos sitúa en un momento muy próximo a hacer de la ciudad un monumento, un monumento próximo a un artificial efecto de memoria, y a olvidar su función primaria y su comportamiento social? Si pretendemos fijar las ciudades en un tiempo y parar su evolución, ¿qué objeto estaríamos produciendo? ¿Cómo podrán adaptarse si no es de una manera anacrónica y sin ninguna efectividad en nuestro momento?

Me gusta recordar a Antoni de Moragas y su concepto de la evolución de las ciudades. “La ciudad de Barcelona, en sus 2000 años de historia, ha tenido en cada época una arquitectura con constantes características: como si las influencias llegadas de afuera, en plasmarse en este lugar del Mediterráneo, adquiriesen una naturaleza propia”. Es un testimoniaje cierto y que no significa que no tenga evolución: al contrario, es el presente vivo y palpitante que se erige respetando el pasado, en antesala del futuro.

Me resulta indispensable una ciudad y una arquitectura sin esta transformación, obligadas a conservar su forma para siempre, sin ningún cambio y sin preparación para afrontar las nuevas necesidades de una sociedad actual. Shakespeare afirma que la ciudad la hacen los hombres, pero haciendo un malabarismo, quizá engañoso, ¿no podríamos decir que bajo una aparente pérdida de la razón, la ciudad de hoy define al hombre de hoy? ¿Es posible que las arquitecturas que hemos construido acaben por confundirnos? Parece imposible, pero lentamente nuestra arquitectura, nuestra ciudad, va moldeando nuestro carácter y hace de nosotros una primera definición como londinenses, parisinos, barceloneses… y llega a dictarnos nuestro comportamiento inmediato. Estas ciudades que amamos, que hacemos y que nos hacen, para continuar estando vivas y permitirnos seguir utilizando sus calles, encontrarnos en sus plazas, utilizar sus parques… necesitan la reestructuración de sus paisajes urbanos y el reciclaje de sus edificios patrimoniales, los cuales si bien no podemos retornar a su estado original, aceptando el criterio de que restaurar un objeto es retornarlo a su estado primigenio, sí que podemos reutilizarlos y darles otros usos y funciones.

Emoción y valor social

Lo que considero necesario para evitar crear un monumento que tan solo nos recuerde es, por un lado, no permitir que la arquitectura pierda su valor social para convertirse en este tipo de artefactos-objeto ya enunciados; por otro lado, para saber aprovechar la experiencia que de cada edificio se desprende, porque constituye un valor que va mas allá del mismo edificio y es imprescindible para vivir el momento concreto y con plenitud. Si hasta ahora queda bien claro que todos hemos de morir, ya que hemos nacido… carpe diem.

Es evidente la diferencia existente entre el grado de inteligencia y el grado de emocionalidad de un individuo y que su madurez le llega antes y es más perfecta como más alto es su poder de controlar esta emocionalidad. De la misma manera, el grado de intervención en un edificio puede ser más profundo como más sólida sea la información que se tenga, siempre que no se confunda la simple información, que por sí sola no es nada, con el grado de utilización inteligente que se haga; y por descontado ha de conseguir recrear o crear momentos o secuencias que sepan emocionarnos.

La dificultad que presenta la intervención en edificios patrimoniales, sometidos a múltiples disciplinas, ha hecho que aquello que sobre el papel parecía interesante, al realizarse bajo parámetros para mí equivocados, haya acabado con el más estrepitoso fracaso o con la obtención de momentos aburridos frecuentemente y faltos de todo interés de expresión intelectual del hecho arquitectónico; al fin y al cabo, que se haya convertido en una simple labor de limpieza o una pésima expresión del peor maquillaje. Nadie mejor que Aristóteles lo ha sabido expresar: “Es mucho más fácil enfadarse con alguien; lo que es difícil es saber enfadarse con la persona adecuada por una causa justa en el momento oportuno y en el ámbito adecuado”.

Hoy, y desde aquí, la rehabilitación de la Casa Batlló, realizada entre 1989 y 1993, bajo la dirección de mi estudio, Josep Mª Botey y Asociados SL, con la colaboración del equipo Bernat-Vidri, es preciso entenderla desde dos vertientes bien diferentes: una, que se podría llamar de supervivencia mecánica; la otra, de transformación y recreación. Las dos han resultado para mí igual de fascinantes y de comprometidas, y me responsabilizo de todo lo que se ha hecho durante el desarrollo de mi proyecto. Quiero tan sólo recordar mi ausencia, mi no participación en lo que se ha modificado, añadido o lo sucedido a partir del verano de 1993.

He querido recuperar, en cierta manera, este articulo porque ello permitiría la posibilidad de desarrollar en otro momento toda la actuación hecha en la Casa Batlló.

Como colofón, quiero añadir que creo que existen valores para los cuales haría falta establecer unas reglas del juego tan amplias y elásticas como libres e inteligentes, porque cuando se interviene en una arquitectura patrimonial, y en el caso de la Casa Batlló es evidente, hay valores que son universales y que no se deberían confundir con otros efímeros y accidentales. No se tendría que insistir en que una rehabilitación ha de basarse en un sistema infinito y no en un accidente, como puede ser la sustitución de una baldosa.

Es inimaginable que exista revolución del propio sistema y no transformación, porque en toda revolución se pierden herencias importantes y en toda transformación puede haber evolución. Si Gaudí hubiera tenido cemento portland, lo hubiera utilizado.

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