Viejo es el viento, y sigue soplando

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A los 85 años, y después de toda una vida de viajes y aventuras, Martín Pueyrredón sigue rodando: hace poco recorrió el Noroeste de nuestro país en mountain bike, y la película que registró la travesía ganó el premio al mejor film de Exploración y Aventura en el festival de cine de montaña de Banff, Canadá. Un hombre increíble, que aún se mueve por una sencilla y purísima razón: sentirse vivo.

“No importa ser viejo… pero que no se note. ¿Cuándo uno se considera viejo? ¿Cuándo me llegó la vejez? Para mí la vejez es no ayudar a otros, es quedarme quieto, es perder el placer de soñar con viajes. Si pierdo todo eso, estoy viejo. Vivir sin planes es algo terrible”. Las palabras de Martín Pueyrredón resuenan desde la pantalla grande del cine, frente a un público que disfruta su film “Plan C14 II”, se emociona y se sorprende con su gran aventura. Es que, hoy, a sus 85 años, Martín no sólo cultiva una huerta, juega con su nietita y cuida de sus perros. En su haber cuenta con un sinfín de emocionantes viajes, tanto que su última travesía en bicicleta fue filmada, proyectada en diferentes festivales internacionales de cine, y hasta obtuvo el premio a la mejor película en la categoría “Exploración y Aventura” del canadiense Banff Centre Mountain Film and Book Festival, el mejor festival de cine aventura del mundo.

Martín sabe que la vida es corta y por eso quiso aprovecharla. Ercilia, el amor de su vida, falleció; y también lo hizo su gran amigo Mariano Petroni, compañero en todas sus grandes aventuras. Su partida impulsó a Martin a embarcarse en una nueva expedición, al lugar donde viajaron juntos por última vez, a modo de homenaje, en un intento de despedida. Pero sobre todo, como una forma de sentirse vivo. Así, en contra de todos los pronósticos médicos y frente a las dudas y temores de sus hijos Tadeo y Micaela, Martín viajó a Salta para recorrer en bicicleta el viaducto de la Polvorilla, a 4.200 metros sobre el nivel del mar, pedaleando por rutas desérticas y pueblos apacibles. “Esta es una forma de gozar la vida poco usual para mucha gente y estar en contacto con la naturaleza, pero la naturaleza también nos acerca a Dios”, afirma Martín.

Martín en la ruta, sin más límites que los que le marca su camino.

Las nuevas experiencias

Martín Honorio Pueyrredón nació en 1934, se crio en el campo y desde muy chico sintió las ganas de lanzarse a la aventura. “Cuando vivía en Cañuelas cabalgaba a visitar a mis primos. En mi adolescencia comencé a viajar solo a Bariloche, con mochila, sin muchos recursos y dormía siempre a la intemperie. Cuando me recibí de ingeniero industrial, en la Universidad de Buenos Aires, quería aprender inglés… pero no tenía plata para viajar ni para estudiar”, recuerda Martín. Sin embargo, como ganas no le faltaban, viajó a Estados Unidos con solo 200 dólares en sus bolsillos. “Allí viví durante un año y trabajé de veinte mil cosas raras para aprender inglés. A diferencia de mis compañeros de universidad, que preferían trabajar en una fábrica y crecer profesionalmente, yo sólo sobrevivía, pero eso era lo que más me motivaba. Por ejemplo, al principio acepté un trabajo como profesor de equitación en Connecticut, y enseñaba a cabalgar a los chicos ¡Tenía como 200 alumnos!”, relata Martín y se ríe a carcajadas mientras recuerda sus andanzas.

Sus ansias de conocer nuevos lugares lo llevaron a New York, donde trabajó como fumigador; limpió casas en San Francisco, fue mensajero en Manhattan, viajó a Puerto Rico y luego regresó a la Argentina para trabajar en una fábrica de hormigón premezclado. “En todos esos viajes y esos diferentes trabajos tuve que adaptarme y cambiar. Pero en mi vida siempre tuve arraigado, como parte de mi personalidad, el hecho de viajar. Los viajes me motivaban a resolver problemas en el camino y a acostumbrarme a situaciones desconocidas” comenta Martín, quien a lo largo de su vida también visitó Perú, Bolivia, Europa, Turquía, Estambul y África. “Todos esos viajes me fueron desarrollando, por eso mi vida siempre fue un viaje continuo”, afirma.

En un pueblito de los valles salteños, sólo con su alma y su bicicleta.

Amor y compañerismo

De Estados Unidos, Martín no sólo se trajo grandes experiencias, sino también a quien sería la madre de sus hijos: Ercilia Moyano Padilla. “La conocí en New York, le pagué el viaje de regreso a la Argentina y se fue a vivir a la casa de sus padres, en Córdoba. Para verla viajé como tres veces hasta que pensé: esto no tiene sentido, mejor me caso”, rememora Martín y nuevamente vuelve a reír. La boda fue el 11 de agosto de 1962 y vivieron juntos por más de 50 años hasta que Ercilia falleció, el 17 de enero de 2016. “Ercilia no era igual que yo, pero sí nos complementábamos. Siempre me daba total libertad para mis viajes y la forma de expresarme en la vida. Ella era feliz, sabiendo que yo hacía lo que realmente me gustaba. Me aceptaba como era. Y con Mariano me pasa lo mismo que con mi mujer, no tengo la sensación de que murieron. Nos quedaron muchos lugares por recorrer… pero siendo tan grande el universo, ¿quién te dice que no nos volvamos a encontrar? Eso es casi seguro”, reflexiona Martín en su documental, mientras pedalea entre las montañas del norte argentino.

Mariano Petroni y Martín Pueyrredón se conocieron gracias a su pasión por las dos ruedas. “Me pareció una persona ideal para viajar, porque se adaptaba a cualquier situación. Yo andaba mucho en bicicleta, porque el trabajo me quedaba a unos 20 kilómetros de distancia, así que empecé a pedalear hasta la fábrica. Primero por las vías, después por el pavimento y así lo convencí a Mariano de fabricar una bicicleta para andar por los rieles”, dice Martín.  

Esa idea, la de andar en bici por las vías, los llevó a realizar una travesía en bicicleta por las vías del Ramal C-14, también conocido como Tren a las Nubes. “Cuando Mariano murió pensé en hacerle un homenaje. Así que viajé para recordar los caminos que hicimos juntos. También le pregunté a Nicolás Muñoz, el director de cine que filmó mi primer viaje con Mariano, qué le parecía la idea y le gustó. Así que formamos un grupo de cuatro personas para filmar Plan C14 II, mi segundo documental, al Viaducto La Polvorilla”, cuenta Martín.

En el viaducto La Polvorilla, junto al equipo de filmación de la película.

Los viajes, la vida

A la hora de emprender un viaje, lo más importante para Martín es poder resistir. Y, como siempre tiene el anhelo de viajar, hace gimnasia por las mañanas para mantenerse entrenado y así sobrellevar su próxima aventura. Gracias a esto, nunca abandonó ninguna de sus travesías por el camino, sino que más bien se adaptó a las circunstancias, para sobrevivir de cualquier forma. “En la vida, cuando te encontrás con alguna situación diferente a la esperada, quizás la tengas que modificar: cambia uno o cambia la situación, pero siempre para mejor. Y si te equivocás, podés cambiar nuevamente. Sobrevivir es un continuo desafío y cualquier cosa que uno se proponga tiene sus riesgos, pero hay que buscar la forma de seguir adelante. Soñar, tratar, corregir y salir adelante, es parte de mi personalidad y agradezco a Dios poder seguir con este ímpetu y estas ganas”.

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