Lejos de las modas, el artista argentino Sebastián Masegosa presenta “El arte no sirve para nada”, una obra que combina narrativa y artes visuales para incomodar al espectador.
En un ecosistema artístico a menudo saturado por el ruido de las “neo-tendencias” y la urgencia de lo conceptual, Sebastián Masegosa (Buenos Aires, 1974) elige un camino de resistencia silenciosa. Su obra no busca el aplauso fácil de la moda, sino que trabaja desde la tradición moderna para tensarla y llevarla al límite.
Para Masegosa, el arte funciona como un refugio: un espacio para ensanchar el universo propio y, de paso, ampliar la conciencia de quien se detiene a mirar. Con una trayectoria que recorre ferias y galerías en ciudades como Taiwán, Londres, París, Nueva York y Hong Kong, el artista consolidó una técnica precisa que luego utiliza para desarmar sus propios límites. Lejos de acomodarse en su destreza, la pone en crisis. No teme a la ironía ni a la burla de sus procesos, una actitud que se manifiesta en su proyecto más reciente y provocador.


Una afirmación incómoda
“El arte no sirve para nada” es el título de su nuevo libro, una frase que suena a declaración de guerra, pero que, en realidad, funciona como una forma de liberarse de aquello en lo que el arte fue convertido. Masegosa sostiene que, durante siglos, justificamos su existencia vinculándola a la belleza, la política, la verdad o la espiritualidad, transformándolo en una herramienta utilitaria y obligándolo a “servir”.
Sin embargo, el artista afirma que el arte es anterior a cualquier sistema que intente ordenarlo. No tiene por qué educar, salvar al mundo ni responder a una lógica funcional. Su valor reside, precisamente, en esa persistencia inútil que escapa a las explicaciones racionales.
Un libro que es una trampa
La estructura de su nuevo libro es tan atípica como su premisa. No se trata de un catálogo ni de un libro de cuentos tradicional, sino de un híbrido donde conviven textos reflexivos, relatos y obra visual en tensión constante. En él, las palabras no explican la obra ni las imágenes ilustran las palabras: cada elemento mantiene su autonomía, obligando al lector a construir su propia experiencia.
“Esto no es un libro, es una trampa”, advierte el autor. Esa advertencia es la clave de acceso: Masegosa no pretende transmitir un mensaje cerrado, sino generar una situación. Al separar el hecho artístico del mercado y del discurso académico, el libro deja la definición de “arte” en suspenso.
Tal vez el problema, como sugiere Masegosa, no sea que el arte carezca de utilidad, sino que lo cargamos con propósitos que nunca le pertenecieron. En esta obra, el artista invita a soltar esas pretensiones y volver a lo esencial: el encuentro directo con la creación.

