Consagrado como uno de los máximos exponentes del ballet mundial, el artista argentino repasa las claves de su vigencia, el sostén familiar frente al éxito temprano y su visión sobre el futuro de la disciplina.
Herman Cornejo es sinónimo de trascendencia internacional. Nacido en Villa Mercedes, San Luis, y formado en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón, fue becado en Nueva York a los 14 años e integró el Ballet Argentino de Julio Bocca. Su nombre quedó inscripto en la historia al convertirse, con solo 16 años, en el bailarín más joven en ganar la medalla de oro en la Competencia Internacional de Moscú en 1997. Desde 2003 es bailarín principal del American Ballet Theatre (ABT) y su carrera fue coronada con máximas distinciones como el Premio Benois de la Danse y el Konex de Platino.





El 1 de septiembre, Cornejo regresará al escenario porteño del Teatro Coliseo con Anima Animal, una aclamada producción propia que fusiona la excelencia clásica con la innovación contemporánea.
—¿Qué significado tiene volver a presentarse en Buenos Aires con un proyecto tan personal y dirigido por vos mismo?
—Volver a Buenos Aires es volver a mi casa; es el público que me vio crecer, irme y volver repetidas veces. Traer mi propia obra representa un desarrollo. Después de 30 años de carrera bailando, significa abrirme paso en otros sectores como el de la dirección y la producción, para dar el paso hacia lo que se viene.
Una leyenda guaraní con ojos actuales
La gestación de Anima Animal comenzó en el aislamiento de la pandemia de 2020, un período que le permitió plasmar un viejo anhelo: homenajear al bailarín y coreógrafo ruso, Vaslav Nijinsky. Una obra que no es una simple reconstrucción histórica, sino una pieza viva que conecta las raíces locales con la vanguardia neoyorquina.
—¿Qué te impulsó a la producción propia y cómo se refleja el legado de Nijinsky en la obra?
—Nijinsky es una figura fundamental que abrió la puerta para el hombre en la danza, demostrando que el bailarín también puede ser protagónico. En la pandemia investigué y me crucé con Caporá, una obra que él iba a realizar en Argentina en 1917 y que nunca concretó por su enfermedad. Fue el pie perfecto para honrarlo. Junto a la coreógrafa Anabella Tuliano tomamos la esencia de la leyenda guaraní del Urutau, el hombre que se convierte en pájaro, pero pensada con ojos actuales. A Vaslav siempre se le dijo que volaba, así que la obra le viene como anillo al dedo.
El secreto de la vigencia
Con un cuarto de siglo de trayectoria ininterrumpida en el ABT, Cornejo logró un equilibrio perfecto entre la exigencia técnica y la densidad dramática.
—Con una carrera tan consolidada, ¿cómo mantenés la motivación y el desafío artístico?
—Creo que la inspiración la mantengo porque enfoco cada rol artísticamente. Para poder crear capas como actor en un rol, hacen falta muchos años, y ahí es donde encuentro la pasión. Si bien uno trabaja la técnica todos los días, cada actuación siempre estuvo enfocada en la parte teatral; es ahí donde encuentro el sabor y el porqué quiero repetirlo otra vez. Después de 28 años no me canso. Además, he bailado con 80 bailarinas diferentes; cada partner tiene algo único para ofrecer y encuentro fascinación en crear esa química.
El sostén familiar y el futuro
Detrás de los grandes hitos, Cornejo atribuye su estabilidad a su entorno íntimo y relativiza el peso de los galardones.
—Mirando hacia atrás, ¿cómo lograste procesar tanto éxito temprano sin perder el eje?
—Lo más importante fue mi familia; el apoyo familiar es el soporte más grande que he tenido. Mis padres me apoyaron muchísimo y tuve la suerte de bailar mucho con mi hermana Érica, tanto en el Ballet de Julio Bocca como en el ABT. Ella siempre fue ese eje. Con respecto a los premios, los tomo como reconocimientos que abren puertas y mimos al alma, pero nunca me definieron. Lo que me define como artista es lo que hago en el escenario, en los ensayos diarios y como ser humano en el día a día.
—¿Hacia dónde sentís que debe avanzar el ballet clásico?
—Sinceramente espero que la evolución de la danza sea en cómo se cuida al bailarín, en cómo se lo trata, en las oportunidades financieras y en el cuidado mental de los artistas, para que sean reconocidos como se merecen. A las futuras generaciones les digo que no hay magia: hay que trabajar mucho y tener pasión. El talento es solo un 50%, el resto es dedicación y disciplina. Mi consejo es que piensen mucho en ellos mismos, sacando lo mejor de cada uno, porque somos diferentes y únicos. Se trata de ser un artista en escena y de comprometerse con el rol de la manera más realista posible.

