“En la montaña me conocí desde otro lugar”

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Facundo Arana en el Everest
Facundo Arana en el Everest

Facundo Arana se alejó por completo del estereotipo del galán de TV. Hace seis meses, después de que casi pierde la vida en su primer intento cuatro años atrás, consiguió llegar a la cumbre del Everest, el monte más alto del mundo. Aquí cuenta su historia.

La vida de Facundo Arana tiene todos los condimentos para ser llevada a la televisión; podría ser un unitario semanal y, seguramente, tendría una altísima carga de intensidad. Facundo es piloto de avión, buzo con brevet, tiene un blog en el que escribe cuentos, le gusta andar en moto, hace surf, participa activamente en campañas de concientización sobre la donación de sangre, dibuja, hace música, es actor, tiene una hija de ocho años y mellizos de siete junto a su esposa, María Susini. Su espíritu de aventura, de exploración, de conocer, de viajar, lo llevó también a convertirse en montañista. Hoy, a seis meses de haber hecho cumbre en el Everest, la montaña más alta del planeta con 8.848 metros, relató cómo esa experiencia lo volvió a transformar. 

— ¿Cómo nació tu relación con la montaña?

— En 2003 me fui a recorrer la Argentina. Había trabajado diez años sin parar, sin sábados, sin domingos. Estudiaba teatro desde el ‘87, y se me abrió una puerta en la televisión. Agarré ese trabajo y empecé a pasar de un programa a otro, como si fueran lianas, y a veces hasta agarraba dos lianas al mismo tiempo. En 2003, después de diez años de eso, paré. Recién terminaba 099 Central y, cuando me pasaron la siguiente liana, dije: “Paro. Necesito frenar”. Por impulso, me compré una casa rodante, un mapa de la Argentina y me fui por la ruta 9 y no paré hasta La Quiaca; desde ahí, bajé por la 40. Estuve seis meses viajando, pero nunca supe bien porqué me iba, ni a dónde; creo que podría no haber vuelto nunca más, porque estaba buenísimo. Iba por la 9 o por la 40, pero metiéndome por todos lados. Así terminé en Pampa del Leoncito –San Juan –, donde está el observatorio; ahí pasé dos semanas, al lado de una escuela rural que la atendía una señora que se llama Nancy; ella buscaba a los chicos de Barreal y los llevaba para darles clases. El tema es que, desde ahí, bajé hasta Uspallata y vi el Aconcagua. Quedé extasiado y lo quise escalar. Por eso pregunté por una persona que supiera sobre montañismo y me presentaron al Indio Pizzaro. Le dije que quería escalarlo, me preguntó por mi experiencia en montaña y le dije: “Lo que tengo puesto”. Me respondió: “Subí el cerro Sarnoso mañana, y si venís con la cumbre, nos vamos al Aconcagua”. Lo hice en ocho horas, bajé todo ampollado… Hablé con el Indio y, al día siguiente, nos fuimos al Aconcagua.

— Entonces, ¿el Aconcagua, la montaña más alta de América, fue tu primera experiencia?

— Sí, y me encantó.

— Pero no debe haber sido fácil… ¿cómo lo viviste?

— No, claro. Fue sufrido, pero me fascinó. Tanto que a partir de ahí subí muchas otras, porque cuando te gusta algo, empezás a buscar de qué se trata. Así fue que llegué a querer subir el Everest. Terminé yendo en 2012 a colocar la bandera de “Donar sangre salva vidas” en lo más alto del mundo…

Hace un silencio breve. Pone sus ojos en el mate que tiene entre sus manos y, mirándome fijo, me dice: “Me dio edema cerebro-pulmonar”. Traducido al criollo, estuvo muy cerca de la muerte… pero se salvó. Después de eso, lo recomendable para cualquier persona es que no vuelva a exponerse a una potencial situación similar. Así que Facundo sabía que, si quería seguir vivo, no podía volver al Everest. Lo que no sabía es que dos años después, el cuerpo ya no tiene secuelas y los riesgos de volver a tener un edema son los mismos que cualquier persona. Con esa información, habló con su mujer y, sin más, activó el plan y allá se fue.

Facundo Arana en el Everest

— ¿Cómo fue el proceso para volver al Everest?

— Hablé con Ulises Corvalán, con quien yo había hecho el Aconcagua en 2010, y me contó que iba al Everest con Lali Ulela, la rionegrina que está haciendo las Seven Summits (N. de la R.: se refiere a la cumbre más alta de cada continente). Le pregunté con quién iban, y me contestó que con Tendy Sherpa, a quien yo había conocido en 2012 y nos habíamos hecho amigos. Pensaba para mis adentros: “Yo tengo que ir”. Y cuando mi médico me dio el OK, arranqué. Un tiempo antes de irme, llamé a Alexia, de Assist Card, le conté mi idea y me dijo que me acompañaban como empresa. De hecho, también me acompañaron en mis entrenamientos previos, cuando fui a Aconcagua. La cuestión es que hice cumbre y me sentí perfecto.

Un alto, camino a campo ll, a 7200 mts

— ¿Cuánto tiempo pasaste en la montaña?

— Son 45 días hasta la cumbre, y después el descenso. Dos meses en total. El ascenso incluye una gran parte que tiene que ver con la aclimatación, con que el cuerpo se adapte a la altura. Subís a un campamento, bajás a lo que se conoce como Campo Base, después volvés a subir, pero a un campamento de mayor altura, y volvés a bajar. De esa forma se hace la aclimatación. Y también vas escuchando a tu cuerpo, vas viendo cómo reacciona. Vos sos responsable de él. Vas caminando muy lento, por la falta de oxígeno, un paso atrás de otro y, mientras tanto, tu cabeza va a mil, con la adrenalina al palo. Es muy fuerte eso. Pero fue bueno. Todos hicimos cumbre y bajamos enteros, sin un dedo congelado.

— ¿Cómo lo ves ahora, a seis meses de haber ido?

— Pasás dos meses de una forma en que no estuviste nunca antes. Imaginate: dos meses fuera de tu casa, de tu vida cotidiana, durmiendo en carpa… Me conocí desde otro lugar. Creo que la relación con las cosas importantes que te pasan en la vida es para siempre.

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