“El artista se libera de los códigos anteriores”

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Luis Felipe Noé

Luis Felipe Noé está tan vital como hace medio siglo. A los 84 años, inauguró una gran muestra en Bellas Artes que no es una retrospectiva: muy por el contrario, es una prospectiva, una mirada al futuro. Una charla imperdible con un artista que, como siempre, sigue huyendo de las etiquetas.

Es una fría tarde de este invierno intermitente en Buenos Aires. Luis Felipe Noé nos recibe en su casa-taller de San Telmo. A través de la enorme puerta de hierro vidriada lo vemos descender las escaleras de mármol, rodeadas por pinturas suyas. Prueba con una llave, busca otra, nos indica que ingresemos por la puerta de al lado, subimos. Yuyo se disculpa por estar aún ocupado y nos invita a pasar. Ultima detalles de su reunión con Cecilia Ivanchevich, curadora de “Mirada Prospectiva”, la exposición que inauguró el 11 de julio en el Museo Nacional de Bellas Artes y que, sin duda, hasta septiembre mantendrá su agenda un tanto más colmada.

Lo esperamos en la sala. Llega unos minutos después, pero lo interrumpe el celular: “Hola, hola…”. No hay señal. Lo apaga. Comenzamos con la entrevista: “Sé que pronto va a publicar un libro al respecto, pero a modo de adelanto: ¿Qué es el caos para Noé? ¿Qué significa tomar el caos como estructura?”, pregunta esta cronista.

Suena otro teléfono. Yuyo escucha y se inquieta, porque no suena tres sino cuatro veces antes de cortarse… Corre a la otra sala a desconectarlo. Regresa también corriendo: “¿El caos me preguntás? ¡Este es el caos!”. Luego, sí, toma asiento y se explaya: “El libro se llama `El caos que constituimos´, y lo dedico al caos, mi viejo compañero. Yo no asocio caos a desorden. Caos lo asocio a vida, pero a la vida en general, incluso no a nuestra propia vida, sino a la vida desde que la vida existe. Nosotros somos apenas una pequeña partícula. Creo que caos no tiene contrario, como tampoco lo tiene el tiempo, porque la eternidad está fuera del tiempo. Y el tiempo es el gran escenario del caos. En el caos acontecen momentos de orden y de desorden, pero todo va cambiando permanentemente en un fluir de cosas que se intercalan. El libro está dividido en dos etapas: Asunción del caos, y El caos como estructura”.

— ¿Qué lugar ocupa la pintura en ese caos? Cómo es ese vínculo?

— La pintura es una de las tantas artes. La música, la literatura, el relato, la poesía, la danza, todas son artes del tiempo, por lo tanto pueden reflejar casi naturalmente el caos -cuando son hechas por grandes poetas, grandes músicos, no cualquier músico, no cualquier poeta-. La pintura, en cambio, es un arte estático y por ello es más complejo para ella. Como es un arte de conjunto, de panoramas, de estructuras de cambios, se habla de composición, pero composición es la unión de varias cosas distintas. Yo creo que enseñar composición, como hacen en la academia, no tiene ningún sentido porque es como imponer lo que uno tiene que decir. La composición sale de la misma expresión de la persona. Ahí se enuncia el caos como estructura.

— ¿Cómo definiría a un buen artista?

— Los artistas que siguen obedeciendo a los profesores no son artistas, tienen oficio de pintores, pero no son artistas. El artista se libera de los códigos anteriores. Le sirven como experiencia, pero se libera para entenderse él en relación a su mundo. Yo no creo que el arte sea expresión. Hay muchas maneras de ser un buen artista. Yo creo en el acto de creación.

— Como artista, ha rechazado las etiquetas a lo largo de los años, ¿qué opina de la gran categoría que es el arte contemporáneo?

— Yo creo que es una etiqueta que de por sí define que no sabe definir nada. Porque el arte contemporáneo, ¿cómo se va a llamar cuando deje de ser contemporáneo? Hay un gran desoncierto, pero al mismo tiempo empieza a haber conciencia de que las vanguardias han sido gratas experiencias y que el campo no solamente se cierra al campo mismo de un lenguaje artístico, sino que se intercala con los otros lenguajes artísticos. Entonces comienza el período de la experiencia de manejarse en la libertad. La libertad de posibilidades. Y eso es magnífico. Si yo le pusiera un nombre al arte contemporáneo le pondría “arte cocktelero”, porque hace cocktails. Para mí es eso. Si hay algo que aprecio y valorizo mucho es la experiencia juvenil, pero si hay algo que sé es que los viejos no pueden hablar de los jóvenes: siempre se equivocan. Por lo tanto de los jóvenes no voy a hablar. Cuando hablo de arte contemporáneo no hablo sólo de arte joven, yo me incluyo en el arte contemporáneo, y hay jóvenes que no los pondría en el arte contemporáneo porque repiten fórmulas anteriores.

— Usted se ha dedicado a lo largo de su vida a la pintura, pero también al pensamiento y la crítica. Ese cruce de disciplinas, ¿lo vivió como un acto de libertad?

— Forma parte de mi caos personal. Antes de que yo naciera, mi padre había publicado dos antologías de la poesía argentina, que fueron muy consideradas en esa época. Mi padre también fue secretario de la revista Nosotros, que mostraba el reflejo del movimiento literario de la Argentina. También fue secretario de la organización Amigos del Arte, hacían exposiciones y convocaban a hablar a gente muy importante. Yo me crie en eso, era un señor que me hablaba de literatura y me abría al arte. Para mí las dos cosas vinieron parejo. Cuando termino el bachillerato, mi padre quería que yo siguiese algo profesional, él era abogado y me dijo de entrar a Derecho, aunque nunca se negó a que yo estudiara pintura. Estudié Derecho hasta que decidí abandonar la facultad porque para mí era un plomazo. Estuve cuatro años, lo que no quiere decir que haya llegado hasta cuarto año. Pero debo haber aprobado 10 materias. Abandoné en el ‘55, cuando cayó Perón. Y Perón tenía una cantidad de diarios intervenidos. En esa época no había escuelas de periodismo, y con la experiencia de haber estado en Derecho, entré en el diario, y fui periodista antes de hacer una exposición. Mi primera exposición la hice a fin del ‘59, en octubre más o menos, y ahí comienza otra etapa mía: dejo de hacer periodismo y me dedico a la pintura.

El ser nacional, una de las obras contemporáneas del inagotable Yuyo.

— ¿Es verdad que usted aprendió a pintar con Perón?

— No. Yo venía de una familia muy antiperonista, como era la mayor parte de la clase media de ese momento, pero a mí me impresionaban mucho las manifestaciones peronistas, me seducían, tal vez en su carácter antiestético, caótico. Yo iba a las manifestaciones como observador, y tengo experiencia de la vida así. Entonces cuando me hablan de orden, de unidad, ¿de qué me están hablando? Yo lo que creo es que todo es un gran despelote. Lo que pasa es que a veces hay ficciones de orden, pero hay un permanente cambio. Los órdenes se evaporan, cambian constantemente. Y eso me encanta, es la vida. Ahora, hay caos como para temerle -las guerras- pero en ese fluir caótico de la vida hay también cosas hermosas: el amor, la creación artística en el sentido de entender todo eso. Incluso hay cosas que la gente puede decir “Oh, qué caos”, y ese caos puede ser la protesta social, pero la protesta social es una enunciación también del progreso y la conciencia de lo que está pasando. Si hay algo que no me asusta es el caos, lo que sí me asusta es la guerra, esos elementos del caos.

— ¿Cómo es el contexto caótico con el que dialoga Noé hoy?

— En la muestra hay una obra que se llama “Hoy, el ser humano”, y que es como mi respuesta a todas las cosas que estoy viendo pero al mismo tiempo lo relaciono con la cultura general. Creo que esa es la única obra que he hecho en mi vida que la concebí, porque cuando comienzo una obra no sé lo que voy a hacer, lo voy sabiendo a medida que lo voy haciendo, y ahí me nace el nombre y demás. Pero ésta sí, ésta la tuve en mi cabeza, sin hacer bocetos ni nada. El cuadro tiene una tonalidad roja. Ese es un modo de decir cómo yo veo el mundo contemporáneo.

— La muestra está planteada en clave prospectiva, ¿qué implica eso?

— Es un concepto que charlamos mucho con Cecilia, una propuesta de ella de no hacer una retrospectiva, sino poner el acento sobre el hoy, sobre lo que hago hoy relacionado a mi experiencia de vida, hacer un panorama de distintas experiencias mías, relacionando cuadros de distintas épocas. Yo creo que eso le da una gran vitalidad a la exposición. Prospectiva es una ironía en cierto modo, prospectiva en un hombre de 84 años quiere decir que no todo es para mirar el pasado, sino como para mirar el presente como proposición para el futuro. El criterio de la exposición tiene que ver también con que yo estoy harto y reharto de que me relacionen permanentemente con los años ‘60, me hace sentir una viuda de un pintor de hace cincuenta años, ¡y yo estoy vivo!! Pero la gente clasifica, ¿y qué pasa con la vida? Uno se va mudando de casa, se va mudando de todo. Yo cuando alguien me llama por teléfono y me dice: “Quiero comprar un cuadro de los años ‘60”, le cuelgo.

Reflexiones sobre el amor, uno de los asuntos más hermosos del caos generalizado, al decir de Noé.

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