Experiencias del encierro

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La psicóloga Lucía Benchimol, quien tiene más de diez años de ejercicio de la profesión y es especialista en orientación psicoanalítica lacaniana, explica cuáles han sido los efectos del aislamiento social durante el último año, sus consecuencias y cómo enfrentarlas.

Hay distintos encierros: los pacientes nos suelen hablar de “estar encerrados en uno mismo”, inclusive es habitual escuchar a adolescentes quejarse del encierro que les evoca la imposibilidad de hablar sobre “ciertas cosas” con los adultos. Hay encierros en matrimonios que se perpetúan sin encontrar salida al malestar que los habita, o en lazos de padres e hijos, donde la excesiva distancia o acotamiento del tramo generacional es fuente de graves discusiones. Un año atrás se decretó en nuestro país una cuarentena obligatoria a los fines de reducir la propagación del virus Covid 19, situación que redujo espacialmente a cada quien a un espacio delimitado. Se multiplicaron las consultas, en la mayoría de los casos se trataba de situaciones anteriores al encierro, pero en las nuevas circunstancias, se volvía impostergable hacer algo con eso.


Por otro lado, para nuestra sorpresa, nos encontramos con un gran alivio por parte de pacientes que sufren el vínculo con los otros. Aquellos que se enlazan en términos de salir a dar cuentas, los eternos demandados-demandantes, para quienes el aislamiento se constituye en un oasis, nada que explicar a nadie. Inclusive hay quienes sufren de las miradas de los otros, atentos a cada gesto que pueda surgir para atribuirlo a algo propio… aquí la cuarentena aparece como un freno a esas miradas, a esos gestos.
También escuchamos pacientes quejarse de las experiencias de trabajo remoto, al parecer recibir instrucciones del trabajo a realizar sin contar con lo vivo de los cuerpos, el cafecito, el mate o el chiste del pasillo, se vuelve muy metódico, aburrido, incluso opresivo. La ausencia de recorridos, de distancias, de traslados de un lugar a otro, anula también cierta complicidad entre compañeros, reduce al mínimo las discontinuidades del día, las horas pasan sin pausas. Otros, en cambio, encontraban en lo social una fuente de sentido que los alentaba, y entonces emerge cierta abulia, como verificamos en los class room de los niños.


Nuestras consultas funcionan como una discontinuidad en el día, en tanto abren un espacio para la palabra, dando lugar a que los fantasmas de cada uno tomen forma y se disipen. Interrogarnos por los lazos que conformamos, por el lugar desde donde sostenemos nuestras actividades, sirve para dilucidar circuitos de funcionamiento rígidos, en una dirección que nos permite hacer algo distinto con esta realidad que se impone. El encierro puede ser una oportunidad para hablar sobre el entorno que construimos, sobre las pequeñas cosas que hacemos con nuestra vida, sobre las preocupaciones que tenemos con nuestros hijos.

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